La noche era intensamente fría, aquello había dejado de ser un tropical paraje las hondonadas de zancudos parloteaban por doquier en un vendaval viviente.
En mis manos una botella de medio litro de "Un Décimo para el Ciento" el licor de moda, llamado así por sus noventa grados de alcohol potable puro. Con todo un caos de pensamientos envinagrados con el amargo sabor del venenoso trago, aislé en una sola idea mi marea de desilusiones con aquel único fin, terminar con mi vida ahí mismo, en ese mismo lugar con las mismas aguas que un día estuvieron a punto de darme muerte años atrás.
El Majagual, es una playa publica, es una playa con un zancudero de los diablos, bastaría con quedarme dormido aquí y el suicidio se perpetraría, pero debo de seguir el camino torcido que un día se desoriento de su cause y por algún tipo de insatisfacción del rigor de los días a hacer total voluntad de este, me dejo vivir en aquel día que debía ser devorado por aquel mismo mar.
Mirando la fría luna, con el viento de octubre que me golpeaba de frente, mientras los zancudos se remolineaban afectados por el frió. Listo para morir, tenia todo, y solo me faltaba dar el ultimo trago a la botella de intoxican te sabor y textura.
Tome la botella y de un trago bebí los aproximados 80 mililitros que restaban en la botella, al hacerlo el paladar me gruño la garganta ya hecha trizas por el desgarrador sabor a vidrios triturados con azufre del volcán de Chinchontepec hizo que unas lagrimas involuntarias salieran de mis ojos, fue ahí cuando me di cuenta que tan anestesiado estaba, aquello no me había representado ningún dolor, pero mi cuerpo si lo había sentido y se brindo la libertad de liberar aquellas lagrimas sin pedirme autorización.
Haciendo un zigzagueo en lo que para mi era una carrera a las aguas salí a encontrarme con la muerte, definido a terminar con la vida de alto desasosiego que hasta aquellos días había sido mi modus vivendum.
Totalmente incapaz de mover los brazos por la parálisis en la mitad fría de la noche, en las tibias aguas del picado mar, me sentí hundir en las negras aguas de la noche eterna. El oxigeno se extinguía de mis pulmones, al aire lo había sustituido la agua salina y en el negruzco distorsionar del resplandor de la luna, mis ojos aun veían sin sentir mas que una profunda calma el final de los días.
De rente un plachtazo en el agua que pareció un meteoro impactando el azular marino, el sonido fue tal que me saco de mi trance de entrega al otro mundo y vi como una figura se movía entre las aguas como una sirena, era un rayo entre las aguas que me tomo y propulsado por una fuerza inexplicable me hizo saltar afuera del lecho marino.
Aquello me arrastro hasta la seguridad de la arena... con ninguna sutileza me practico primeros auxilios, Tres patadas en el pecho con la espalda en contra de una palmera me hicieron regurgitar toda el agua que hacia en mis pulmones.
—¡Maytro!, me debe diez bolas, ¿No crea que muriéndose va a dejar de pagarme?
Me dijo una voz mientras yo volvía a saborear el aire, y quede ahí inconsciente, sin entender nada de lo ocurrido.
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